Triana versus Madrid, o cómo la vida de barrio nos puede salvar

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FOTO: Adrian Taubner.


Ignacio D. Gayoso

@NachoDiaz26
Periodista


En Madrid no se pasea. No porque no se quiera, ni porque no se sepa. No es una cuestión de carácter, ni cultural. O no sólo. En Madrid no se pasea porque no hay necesidad de ello. Porque el paseo -ese deambular sin rumbo, sin destino fijado ni propósito anunciado- es un ejercicio que no encaja con una ciudad de características tan inmensas como Madrid. Porque el paseo se puede entender como un indicador (oficioso) para medir de la calidad de vida en un lugar. Y el paseo, por suerte, y por el momento, sí existe en Triana.

No se descubre nada nuevo al afirmar que no es lo mismo vivir en un barrio como Triana, en Sevilla, que en Madrid. Es una obviedad: precios en los alquileres, salarios, número de grandes franquicias por metro cuadrado de calle, renta per cápita, aglomeraciones, red de transporte público…Todo allí, es más. Son diferencias estructurales que se dan -en mayor o menor medida – si comparamos cualquier capital de país con las demás ciudades y municipios del mismo. Y sin embargo es en lo intangible, como un paseo, donde muchas veces encontramos las diferencias más reveladoras.

Triana tiene la fortuna de contar con todas las ventajas y servicios de una gran ciudad -su proximidad al centro de Sevilla hace que ambas zonas compartan muchas de sus características más importantes- y, a la vez, que se pueda permitir mantener un estilo de vida, un ritmo y unas bases sociales y relacionales de un pequeño pueblo. En cambio, este equilibrio es frágil. Madrid, por razones evidentes, solo ofrece de lo primero, al menos en su enorme centro urbano. Allí ese equilibrio se rompió hace mucho.

Es en lo intangible, como un paseo, donde muchas veces encontramos las diferencias más reveladoras

Porque Triana se mantiene entre esos dos mundos: por un lado, el de lo cosmopolita, el de lo abrumador, la saturación y el correr sin prisa y, por otro, el de los parroquianos, el de los saludos vecinales. No es ni uno ni otro. Y es los dos a la vez.

En Madrid la vida de barrio agoniza. Las zonas de mayor afluencia están dominadas por las grandes marcas, los lugares emblemáticos dejaron ya de ser usados por sus vecinos y el propio estrés social y la dispersión obligan a largos desplazamientos para casi cualquier actividad social con tu entorno. Salir por Madrid es tener un ojo echado siempre al móvil para orientarte, para encontrar el camino más rápido, para pedir un Uber.

Esa Madrid, como cualquier gran ciudad, perfectamente adaptada para las empresas de mensajería, experta en apps de comida a domicilio, adiestrada en promociones y ofertas, resentida en las esperas nerviosas, a los eternos desplazamientos. Madrid, a ratos, es la normalización del pobre nivel de calidad de vida que ofrecen las grandes urbes del siglo XXI.

Salir por Madrid es tener un ojo echado siempre al móvil para orientarte, para encontrar el camino más rápido, para pedir un Uber

Claro está: tiene más bares que Triana. Más espacios deportivos, centros culturales y teatros. Más cines (o más de uno al menos). Más pubs, discotecas y restaurantes. Más superficies comerciales, tiendas y eventos. La oferta de Madrid es rica y extensa y tu cartera tiene mucho más para elegir que en un barrio como Triana. Pero uno se pregunta: ¿es necesario tanto?

Porque con todo, no estamos tan lejos de ser Madrid. Porque los alquileres suben (antes de la pandemia, en febrero de 2020, se alcanzó su máximo en Triana, con 11,3 euros el metro cuadrado, un 30% más que en 2017, quedándose cerca de lo pagado en el Centro, 11,8€).

Triana es un barrio privilegiado. Histórico y culturalmente rico, con una identidad propia definida y situado a dos zancadas del centro de una de las ciudades más importantes de nuestro país. Sin embargo, si no la cuidamos entre todos, será fácil que este privilegio acabe siendo su propia perdición. Porque es, y espero que se entienda, un caramelito.

Pretender que Triana permanezca inmóvil, como si este fuera su estado natural ‘sine die’ es una falacia venenosa

Claro está, es inútil (y peligroso) tratar de congelar un lugar en el tiempo. Nunca se baña uno dos veces en el mismo río. Todo cambia. Pretender que Triana permanezca inmóvil, como si este fuera su estado natural sine die es una falacia venenosa. No será esta Triana el mismo barrio dentro de veinte años, al igual que no es ahora el barrio de los corrales de vecinos y el cante gitano, ni el de las chimeneas de alfareros. Lo que está por ver es quién saldrá esta vez perdiendo del inevitable cambio.

Si el músculo vecinal se afloja, si la vida local se retira de primera línea y se esconde, si la tradición se mantiene, pero solo para ser fotografiada y no vivida, si sus calles y balcones dejan de ser ocupados por trianeros… el barrio como tal se diluirá. Y vivir en Triana será un privilegio; reservado para unos pocos y lejos del alcance de casi nadie. Ahí la diferencia entre un barrio privilegiado y un barrio para privilegiados.

Es por eso que quizá Madrid perdió el paseo. Porque la vida se alejaba de la vecindad. Porque todo queda lejos y, si sales a la calle, si echas a andar es para ir de un punto a otro. No hay espacio ni tiempo para el paseo. Pero el paseo, por suerte, y por el momento, sí existe en Triana.

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