Carmelilla Montoya: su adiós en paz

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Puente de Triana al atardecer reflejándose sobre el agua del río Guadalquivir. | FOTO: Javier Fernández Maeso.


Javier Fernández Maeso

@JaviFdezMaeso
Director de Triana Digital


Sevilla ya no huele tanto a azahar y los días son más calurosos. Es una tarde de mediados de abril y a pocos metros de la Glorieta Primero de Mayo el panorama urbano cambia en un abrir y cerrar de ojos. Adentrarse en la barriada de la Candelaria es toparse de frente con la Sevilla olvidada; antagonista de la que se vende al turismo de masas y la especulación inmobiliaria, desproveyéndole de su identidad y de su alma. Pero ambas tienen una cosa en común: siempre pierde el sevillano.

Amarillos y blancos, maltrechos y desconchados pero muy dignos y sevillanos, se abren a mi paso los bloques de pisos de la calle Candelera. Camino un poco más por el barrio pues cerca de allí conviven en un piso pequeñito dos Trianeras de Honor de la última Velá de Santa Ana. Mucho más que eso. Son dos integrantes de la familia Montoya, una de las sagas históricas del flamenco. Se trata de Carmen y Carmelilla Montoya, madre e hija. Además, Carmelilla es una artista reconocida internacionalmente. La bailaora y cantaora ha compartido escenario a lo largo de su envidiable trayectoria con los más grandes del flamenco porque ella forma parte de ese selecto grupo.

Barriada de la Candelaria (Sevilla).

Desde 2012 lleva luchando contra una larga y traicionera enfermedad. Dos veces tuve la hoja con la entrevista que hubiera querido hacerle en el bolsillo y las dos me tuve que volver sobre mis pasos porque finalmente su delicado estado de salud le impidió asistir. Pero este día poco tiene que ver con el flamenco y el periodismo, si bien para ambos resulta difícil desprendernos del todo de nuestras respectivas profesiones. La visito como amigo pues ella, que pasó los primeros años de su vida en el desaparecido Barrio Máquina, frente al Tardón, volvió a vivir a Triana con una de sus hermanas hace varios años. Eso me permitió conocer a un ser humano excepcional, puesto que ambos vivíamos cerca; ella trabajaba en la Fundación Cristina Heeren y los dos frecuentábamos la placita (Pza. Oliver de Triana) y el Bombete.

Una vez a su lado y ante la tierna mirada de su madre, Carmen Montoya, charlamos. Decenas de familiares y amigos han pasado los días anteriores por este piso. Ahora se ha quedado un poco más tranquila. “Me faltabas tú, quería verte”, me dice. Y en mitad de la conversación y de repente: “Javi, al final escríbeme la entrevista que tú quieras”. Señalándome una rosa que reposa en un recipiente de cristal sobre el recibidor, añade: “esto lo tienes que poner”. Es una flor regalada por la bailaora Eva Yerbabuena, de color rosa como vestía Carmelilla la primera vez que ella la vio, justo el día que bailó al cante de Camarón de la Isla.

También sobre el recibidor, una foto de la Esperanza de Triana me llama la atención: “sí, pero me la ha traído” fulanito, me cuenta. Y es que soy consciente de que el mundo cofrade se aleja un poco de la manera de entender el cristianismo de Carmelilla y su familia, entorno en el que tienen un vínculo espiritual muy estrecho con Dios. Estos días esa relación adquiere todavía más importancia si cabe. “Estoy hecha a la idea y muy tranquila. Me voy en paz”, me confiesa. A veces hay frases tan duras que pueden ser reparadoras.

 

“Compañera de mi alma, que Dios te había dado sabiduría, que una palabrita tuya vale por doscientas mías” es lo que le cantó Camarón a Carmelilla por soleares aquel día de 1979 en el que ella vestía de rosa. Cuánta razón tenía el isleño: una palabra de ella tiene más predicamento que cualquiera de este artículo. Sobre el escenario Carmelilla Montoya ha sido genio, gitanería, pasión… Pero también elegancia, maestría, talento…

La pura humildad que integra a Carmelilla y Carmen Montoya hace incluso que destellen menos sus exitosos logros profesionales y sus excelsas capacidades artísticas. Igualmente, durante los últimos meses de enfermedad Carmelilla ha proyectado una humanidad, así como una integridad fuera de lo normal. Desde el principio, en ella siempre encontré una persona que me abrió las puertas de su corazón de par en par: un lujo total, un regalo inesperado de la vida. Familia de gente generosa; todo lo suyo es tuyo. Cuando encuentras a alguien tan sencilla, con tantos valores positivos y a la vez con semejante trayectoria artística es un fenómeno extraordinario. Hasta es difícil afirmar que te quedas con el aspecto humano antes que el profesional, teniendo en cuenta su valía en este segundo plano, por más que sea cierto.

En esta tragicomedia que llamamos vida a Carmelilla, a pesar de las circunstancias, se le ilumina la cara cuando recordamos los buenos momentos en el Bombete jugando al bingo. Allí Rubén ‘El Peluca’ traía loca a su hermana Lole cantando los números en inglés. O bien se presentaba una pareja de Policía Local a denunciar que estábamos participando en un juego clandestino ilegal pero en realidad todo era broma del dueño. Con especial cariño recuerdo aquel día que una vecina octogenaria del Hotel Triana no volvía del cuarto de baño. La partida de bingo no podía continuar sin ella y la espera se hacía insoportable. La preocupación se apoderó de los vecinos, que empezaron a temer que le hubiera ocurrido algo en el aseo. Cuando la gente ya se desesperaba, de repente apareció la mujer con una manera de andar descoordinada. Por fin se sentó y soltó en voz alta: “pues no que me he meado encima…”. Acto seguido estampó en la mesa una bolsa de plástico que contenía la ropa interior que se acababa de quitar tras orinarse. La carcajada del personal fue generalizada, larga e intensa. Resulta que llevaba muchos minutos aguantándose las ganas para no perderse los números que iban saliendo en la partida, pendiente por si hacía línea o le tocaba el bingo, hasta que rebasó el límite que su vejiga le permitía. Las cosas de Triana… Espectacular.

Carmelilla Montoya, ante el Alcalde de Sevilla, Juan Espadas, luciendo su galardón a la Trianera de Honor 2019 sobre el escenario del Hotel Triana el 21 de julio de 2019. | FOTO: Javier Fernández Maeso.

“Ya no queda nada. Se lo han cargado todo”, siempre se quejaba Carmelilla sobre Triana, el barrio que la vio nacer y que reina en su corazón. Nunca compartí del todo su visión, pues me sonaba un tanto pesimista porque sí quedaban cosas cuando lo decía: aquellos momentos compartidos con trianeros de toda la vida en el Bombete, entre otras cosas, o ella misma. Porque Triana sobre todo es su gente. Esa que llevan echando del barrio desde los años 50 a golpe de especulación inmobiliaria y, desde hace un tiempo hasta la fecha, turismo de masas. Carmelilla y su familia pertenecen a una estirpe que tiene Triana grabada en el ADN. Son de aquellos, tantos, trianeros que tras generaciones asentados en el arrabal vivieron un exilio forzoso al extrarradio hispalense.

Y sí, Carmelilla, se lo siguen “cargando todo”. Por eso esta conversación se produce en un piso de la Candelaria y no en uno de Pagés del Corro. Por eso para los jóvenes de Triana es misión imposible quedarse en el barrio que los ha visto crecer. Por eso nuestras calles avanzan a pasos agigantados hacia un híbrido arquitectónico de mal gusto que parece gritar “fuera”. Por eso nuestras señas de identidad se manipulan para modelar un producto al gusto del cliente que visita el parque temático al que con resistencia espartana aún llamamos barrio. Hasta que se vaya el último de nosotros.

Ella se marcha a aquel cielo de los trianeros que fabulé en mi mente. Todavía queda tiempo para que Carmelilla y yo comentemos de nuevo su histórica aparición en el documental ‘Rito y geografía del cante’ de Televisión Española, cuando era muy pequeña, cantando junto a Remedios Amaya. “Pero yo antes había hecho cosas”, me recuerda. Con su madre ya había trabajado en el tablao Los Gitanillos de La Pañoleta cuando formaron el dúo “Las Montoya”.

 

Antes de irme llega al piso precisamente gente de la familia Amaya, personas muy educadas y sencillas, hijos y nietos de Remedios, otra ilustre trianera la “eurovisiva”. Es como si el círculo se cerrara. Un círculo perfecto. Entonces sí, me despido pero no me despido.

“Hasta siempre”, me susurra emocionada con una sonrisa. Le sonrío y le hago un gesto con la mano. Me despido de la familia de Carmelilla y de los Amaya, que también son familia entre sí, y ahora sí me marcho pero me llevo a Carmelilla conmigo, en mi alma.

Nunca podré agradecértelo todo, Carmen. Al final te he escrito “la entrevista” que he querido.

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