“Vienes a ver al Señor, ¿no?”

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Cristo del Gran Poder enfilando la calle Gavilán en el barrio de Los Pajaritos. | FOTO: Javier Fernández Maeso.


Javier Fernández Maeso

@JaviFdezMaeso
Director de Triana Digital


Cruzaba la calle Candelón el pasado sábado, poco antes de las 10:00 horas, cuando el Cristo del Gran Poder tenía fijada su salida hacia la parroquia de la Candelaria, buscando la calle Alondra, donde se enclava la Parroquia de la Blanca Paloma, en el barrio de Los Pajaritos, en la que el Señor de Sevilla había pasado toda la semana anterior.

Nada más entrar en esta calle de la Candelaria, se dirigió a mí un niño que tendría unos 8 o 9 años y esperaba aparentemente a un familiar que había entrado en lo que parecía un pequeño comercio. Con una sonrisa me dijo: “Vienes a ver al Señor, ¿no?”. Se notaba que yo no era de allí y en un barrio donde todo el mundo se conoce, ¿qué otro motivo habría de llevarme por la Candelaria? Divertido por la anécdota continué recorriendo Candelón de principio a fin.

“¿Te has tomado las pastillas?, le decía una mujer a quien parecía su hijo. “Sí”, le respondió aquel. “¿Y el protector?”, seguía preguntando la señora. Unos metros más adelante me crucé con una anciana que empujaba un carrito con chatarra y presentaba un aspecto castigado por lo que parecían las drogas y problemas de salud mental. “Está todo cortado, ¡no veas la vuelta que he tenido que dar!”, se quejaba un vecino a otro.

Humildad, olvido, castigo, naturalidad, sencillez… Estas son “las vibras” -sensaciones- que me dio mi paso por la Candelaria. Un inciso: es que ahora todo son “vibras” y todo es “tóxico”. A ver si usando estas palabras empatizan más personas.

Una vez llegado a la parroquia de Los Pajaritos e integrado en la fiel bulla que acompaña al Señor, el ambiente es ciertamente extraño, ya que se genera un microclima, un río de cofrades venidos desde distintos puntos de la provincia -no pocos trianeros entre ellos- y el territorio nacional, avanzando por unas calles poco acostumbradas al culto público y a sentir la misericordia de Dios entre ellas. Menos aún a que les visite el Cristo cuatricentenario de Juan de Mesa.

Y se derramó la paz, el perdón y la misericordia del Señor de Sevilla en el cruce de la calle Colibrí con Mirlo. En esta última calle, apenas cinco días antes, se había producido el tercer tiroteo en la misma zona del barrio en solo una semana. Una calle que además ha sido el escenario de varios asesinatos en los últimos años. Y estaba allí, en lo que algunos cronistas de sucesos consideran “el epicentro del crimen sevillano”, imponente y a la vez sencillo, el Gran Poder, una de las mayores devociones de la ciudad.

Gente enchaquetada frente a personas en pijama o en calzonas. Todos iguales. “Padre, miarma, no te vayas, no nos dejes desamparados”, gritaba una vecina de Los Pajaritos cuando el Señor rodeaba la Plaza del Búho, recorriendo los últimos metros de la calle Colibrí para penetrar en la calle Gavilán. “Miarma, ¿ves toda la gente que está aquí? Han venido por ti. Cuando te vayas nos quedamos solos”, continuaba implorando esta vecina. Un ruego que encierra mucha verdad: la Santa Misión del Gran Poder visibiliza, te pone en el mapa unos días pero luego la vida sigue y las cosas no cambian solas.

Pero una mujer se quejaba a un hombre en voz baja; no le pareció oportuno el ruego en voz alta de aquella vecina. “Es que para esto es la misión”, le contestó su acompañante. Igual que aquel aplauso cuando el Señor de Sevilla entró en la parroquia de Los Pajaritos una semana antes, el día del primer traslado. No era la madrugada del Viernes Santo, era un momento histórico y aquella manifestación popular de júbilo y esperanza en forma de aplauso era más que adecuada.

Regresando al itinerario del Gran Poder por Los Pajaritos, en la calle Gavilán solo podía fijarme en las caras de las personas asomadas en silencio y expectantes a sus ventanas, balcones y portales. ¿Qué estarían sintiendo esos vecinos? La humildad del Dios de Juan de Mesa cargando su cruz hacía lucir poderosas aquellas fachadas desconchadas. Es difícil transmitirlo, más bien hay que vivirlo y sentirlo.

Una vez superada la calle Flamenco, el Señor salió de Los Pajaritos para continuar su periplo por los Tres Barrios. La misión también puso el foco en barriadas ignoradas como La Rosaleda o La Romería, donde las calles tienen nombres asociados a la electricidad -Alternador, Generador, Electricidad, Magnetismo…- y se caracteriza por su disposición de polígono industrial. Allí antes se encontraban algunas fábricas que desaparecieron, como la de Contadores, y esto aceleró la degradación del barrio de Los Pajaritos.

Muchos ancianos de la residencia situada en la calle Maravedí se asomaron para ver al Gran Poder. La gente tapaba la visión de una de las ancianas, muy emocionada, que intentaba ver sentada el Cristo. Un hombre la animó a levantarse para verlo mejor pero ella apenas hizo el amago. Lo estaba sintiendo, tan cerca, que no necesitaba más.

El Señor de Sevilla llegó a Santa Aurelia, presentándose en su Parroquia de San Lucas. Continuó por las calles General Ollero y Cañadul, que estaban a rebosar. En Santa Aurelia, un barrio de bloques muy altos, viven miles de personas. Sevillanos que jamás habían tenido en sus calles una visita tan especial y que la vivieron como el momento histórico e insólito que era. Engalanaron sus calles y edificios con lo mejor que tenían y con ilusión se arreglaron para salir como si de un Domingo de Ramos se tratase.

El río de fieles, devotos, sevillanos y visitantes en general desembocó en la amplitud de la calle Amor. Pocas calles menos cofrades se me ocurren en la capital de Andalucía que la propia calle Amor y su continuación, Carlos Marx. Pues hasta eso consiguió el Gran Poder, que llenó de pasión estas grandes avenidas del extrarradio que circundan el Parque Amate, acompañado por su pueblo.

Durante muchos minutos se pudo disfrutar la talla de Juan de Mesa, que atesora cuatro siglos de historia bajo el peso de su cruz, por estas amplias calles, hasta que alcanzó la Glorieta Primero de Mayo y se internó en la calle Candelería, la única con comercios de la Candelaria. Al inicio de esta calle esperaba una señora con una sonda nasal en silla de ruedas. Le pararon al Señor delante y la pusieron frente a él, cara a cara, por unos segundos. Este bonito gesto se lleva repitiendo durante toda la misión, un evento que ha venido a muchos sevillanos como agua de mayo para cultivar su espiritualidad y reencontrarse con la fe tras estos meses de dura pandemia.

“El Señor viene, sigue sus huellas”, rezaba un cartel que anunciaba la Santa Misión en la Parroquia la Blanca Paloma de Los Pajaritos. La bulla que acompañó al Gran Poder por Los Pajaritos se trasladó al final de la mañana a la Candelaria; siguiendo así los pasos del Señor por los barrios más pobres de España. Entonces, mi mañana tocó a su fin en el mismo lugar que empezó, en la Candelaria, donde el Gran Poder sale hoy de nuevo, por la tarde rumbo a la parroquia de Santa Teresa. Ha pasado más de una semana desde aquel sábado, que tantas emociones deparó y tantísimas imágenes históricas nos grabó en la retina. Aparentemente, tiempo suficiente para reflexionar un poco tras lo vivido hasta el momento en Tres Barrios…

La magnitud alcanzada por las hermandades de Sevilla ha predispuesto que estas transciendan el concepto tradicional de caridad cristiana, sin abandonarlo, al tratarse de uno de los pilares de la Iglesia Católica, pero lo han complementado con la “acción social”, hasta el punto de que muchas de ellas destinan un diputado para esta labor en su Junta de Gobierno.

La acción social favorece el desarrollo de las personas en riesgo de exclusión social y hace más complicado que se perpetúe en el tiempo la relación vertical entre el que ayuda y el que es ayudado. Todo ello sin desplazar la acción caritativa, puesto que es la propicia para aplacar las calamidades que los más necesitados requieren afrontar con urgencia.

En Triana encontramos grandes ejemplos de acción social con los proyectos ‘Esperanza y vida’, de la Hermandad de la O, dirigido a la mujer embarazada en situación de vulnerabilidad y exclusión social, o el Centro de Apoyo Infantil de la Hermandad de la Esperanza de Triana, que ofrece ayuda a niños afectados por TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad) y a sus familias, a través de terapias y actividades. De este modo se favorece el desarrollo y la transformación social.

Por ahí ha de pasar el futuro de las hermandades de la ciudad como elemento dinamizador de la sociedad sevillana, el mismo futuro que tiene por delante aquel niño de la Candelaria que me dijo: “vienes a ver al Señor, ¿no?”. Sí, vengo a ver al Señor para que todo cambie. Para salvarnos los unos a los otros. Es responsabilidad de todos nosotros, también de las cofradías, que ya han desarrollado varias labores de caridad y acción social en las zonas más desfavorecidas de Sevilla, trascendiendo los límites físicos de su feligresía. Y hablamos de las hermandades, pues si hay que hacerlo de los políticos…

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